jueves, 31 de enero de 2013

Eduroam (en internet sin mendigar claves)

En septiembre de 2011 participé en un congreso de literatura medieval y muchos participantes andaban como locos tratando de conectar sus teléfonos inteligentes, tabletas y portátiles a la red Wi-Fi de nuestros anfitriones. Andaban a la busca y captura de alguien que les pudiera prestar (o soplar) las claves, sobre todo cuando vieron que unos pocos accedíamos a internet en cualquier momento y sin usar nuestros planes de datos. Les contamos que hacíamos uso de Eduroam (Education Roaming), un sistema de itinerancia que permite conectarse a la red Wi-Fi de cualquier universidad española o europea (ha comenzado a difundirse a los EEUU, pero está en fase de prueba) con nuestras propias claves. Mira este simpático vídeo; te contará en poco más de un minuto qué es Eduroam.



Lo estrené en Oxford durante un curso de Humanidades Digitales (coincidió con la final del mundial de fútbol de Sudáfrica) y después lo he usado en Louvain-le-Neuve, en París y en varias universidades españolas; incluso me conectaba con tan solo pasar por los alrededores del edificio (lo comprobé las navidades pasadas en la calle Alberto Aguilera de Madrid).

Solo he encontrado una pega: no puedo mandar mensajes con el gestor de correo de mis dispositivos; quizá sea un precaución de seguridad de mi universidad cuando estoy en otra, porque cuando me muevo de un edificio a otro o de un campus a otro dentro de mi universidad no tengo problema alguno.

Es un sistema muy sencillo de instalar, especialmente en el ecosistema Apple (tan solo necesitas un script autoinstalable que te debe proporcionar el servicio de informática de tu universidad). En Windows y Androide es un pelín más complicado, pero todas las universidades ofrecen información detallada sobre cómo instalarlo. Búscalo en la web o en el servicio de tecnologías de la información y comunicación (TIC) de tu universidad. Una vez que lo hayas configurado, usarlo es tan sencillo como encender el portátil o activar el teléfono inteligente o la tableta: estás conectado a internet permanentemente y con acceso total.

viernes, 25 de enero de 2013

Docencia e investigación digital: tres libros

Las pasadas navidades leí tres libros sobre el mundo digital, concretamente sobre las no tan nuevas TIC y su aplicación al ámbito académico. No se trata de libros técnicos, sino de libros con el usuario en mente que pretenden hacer reflexionar sobre las posibilidades que ofrece la red. Curiosamente, todos están impresos, aunque dos tienen versiones digitales (solo uno lo he leído en formato digital). La lectura de todos ellos ha sido muy interesante y estimulante y me ha abierto varias líneas de pensamiento y exploración.



El primero que he leído ha sido el libro de Daniel CassanyEn_línea: leer y escribir en la red (Barcelona: Anagrama, 2012). Se lo recomiendo vivamente a quien quiera tener una visión general del mundo digital y cómo se aborda la lectura y la escritura en internet y su influencia en la enseñanza secundaria, pero aprovechable para la superior. Tiene ideas y datos muy esclarecedores. Al tratarse de un libro sobre la red esperaba que estuviera lleno de direcciones de internet en las que ampliar, documentar, consultar e ilustrar lo dicho por el autor. Sin embargo, el autor renunció a ellas y sugiere que su libro se debe leer con un ordenador a mano:

renuncio a incluir los vínculos electrónicos; son largos, complejos e insensibles sobre el papel. Es fácil encontrarlos en la red con un buscador, con un nombre propio o una palabra clave. Éste es un libro para leer con un ordenador al lado e ir buscando cada referencia (Cuadro 1, pág. 20)

Me parece perfecta esta posición, pero no es la mejor. Es complicado leer y teclear a la vez en busca de cada referencia que me ha llamado la atención. Exclama Cassany: «¡A ver cómo envejece este libro!» (p. 19). Creo que ya tiene la respuesta: ha nacido viejo. Un libro sobre internet, que muestra las grandes ventajas de estar en línea, no puede ofrecerse en soporte analógico.



El segundo que he leído ha sido el dirigido por Mario TascónEscribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2012). Este está dirigido al público en general y a otro más especializado, básicamente periodistas, que quiere o necesita escribir en internet, ya sea un mensaje electrónico, un tuit, un blog o todo un sitio web. Como el espectro es muy amplio, dividen el libro en dos grandes bloques: Uso cotidiano (pp. 31–249) y uso profesional (pp. 251–453). Este último, mucho más complejo y técnico, aunque algunos apartados amplían ideas presentadas en la primera parte (v. gr. «Escritura en pantalla, criterios», pp. 321–373).


La lectura de este libro, que se puede hacer secuencialmente o saltando de un punto a otro, según interese más una cosa u otra, me ha resultado altamente provechosa. Habría sido un libro mucho más manejable y útil si se hubiera incluido un índice analítico.

La sensación, magnífica, que he sacado de la lectura es que se ha escrito como si un de blog se tratara: apartados muy breves que en variado número conforman un capítulo que se cierra con un cuadro final en el que se ofrecen los consejos básicos para usar una u otra herramienta o cómo comportarse.

Al contrario que el libro anterior, no ha renunciado a la inclusión de direcciones de internet, pero acortadas (véase el artículo Acortar direcciones de internet), lo que las descarga de la complejidad de que habla Cassany (p. 20), pero no soluciona el problema de la consulta.

Este libro se ofrece también como ebook a través de varias plataformas (AmazonLa casa del Libro, iBookstore a través de iTunes). He tenido acceso al aperitivo que la editorial ha colgado en formato PDF, así como a las muestras que ofrecen tanto Amazon como iTunes. Ninguna de las tres ofrece la misma cantidad de texto. El PDF descargado desde la editorial permite leer hasta la página 23; la versión Kindle para iPad hasta el primer párrafo de la página 58; la versión para tabletas Androide hasta el final del primer párrafo de la página 59; la versión iTunes llega hasta el final del primer párrafo de la pág. 51. ¡Curioso! (o bizarro, como dice el mismo Tascón [p. 193]).

Las versiones ebook (no puedo incluir en este apartado el fragmento en PDF pues no ofrece ejemplo alguno) permiten pulsar sobre los enlaces y acceder directamente a la información a la que los autores hacen referencia. Esa es una de las grandes ventajas de los formatos digitales: el acceso inmediato al hiperenlace. Lo que no tenía, en cambio, ninguna de esas versiones es la posibilidad de cortar un fragmento que me interesara; tan solo me permitieron subrayar o resaltar el pasaje. Una pena, seguimos en el mundo analógico: las notas se hacen a mano, aunque sea con un teclado (después no hay quien las extraiga: otro ¡fallo? de los sistemas de protección).

Un aspecto que comparten tanto el libro de Cassany como el de Tascón, que no me ha gustado nada, son los cuadros con fondo gris y letra diminuta. Quizá estén para evitar el fotocopiado, pero me ha costado mucho leer esas páginas que en el caso de Escribir en internet recogen los consejos, claves, recomendaciones que cierran cada capítulo (el vademécum del libro) y el «Vocabulario básico: términos imprescindibles» (pp. 457–495) en el que la columna del lema tiene un fondo gris (de intensidad variable) y letras grises, con lo que la lectura se hace con un fondo tricolor: gris oscuro (lema), fondo claro (dos tercios de la definición) y fondo grisáceo, por transparencia (tercio restante de la definición). Las muestras electrónicas del libro de Tascón no incluyen ninguno de esos cuadros finales (el primero aparece en la pág. 61) ni del vocabulario, por lo que no puedo evaluar si tiene contraste suficiente.


El tercer libro nació digital y se distribuye digitalmente (gratis), aunque tiene versión analógica sobre papel. Se trata del libro del profesor británico Martin Weller titulado The Digital Scholar: How Technology is Trasnforming Scholarly Practice (Bloomsbury Academic, 2011). Hay que leerlo en la red, no ofrece una versión descargable (existe versión Kindle en Amazon), pero con un poco de ingenio se puede transformar al formato ePub y leerlo con facilidad en una tableta (yo lo hice en un iPad).


La lectura de este libro por medio de iBook (la aplicación e-reader del iPad) me ha permitido no solo acceder a las referencias que cita el autor (de una manera peculiar: al ser un montaje para mi comodidad, cada vez que pulsaba sobre una referencia, esta me llevaba a la Bibliografía en la web de Bloomsbury Academic y desde ahí saltaba al sitio de internet adecuado), sino también subrayar, cortar los pasajes que me han interesado, copiarlos en las notas y exportarlas para usarlas cuando sea menester. ¡He ahí una manera magnífica de sacar partido a los lectores electrónicos! He de añadir que al leerlo, si tenía algún problema con el léxico, bastaba con pulsar sobre la palabra e inmediatamente aparecía la definición del término. ¡Excelente ayuda!

La tesis básica del libro parte de que en industrias como las de la música y la prensa se han producido cambios radicales en sus modelos de negocio como resultado de las nuevas tecnologías, punto que desarrolla en el tercer capítulo. Sin embargo, la enseñanza superior se ha resistido hasta ahora a esos grandes cambios. A pesar de ello, se están produciendo cambios graduales pero fundamentales en el mundo universitario e investigador.

Weller presenta y analiza cuáles son esos cambios, qué implicaciones pueden tener en la enseñanza superior, cuáles son las posibilidades que abren esas nuevas formas en la práctica docente y qué lecciones pueden extraerse de lo acontecido en las industrias musical y periodística. Por eso afirma que es «important to engage with a digital, networked, open approach» puesto que «[t]he opportunities for experimentation and finding new ways of teaching a subject, or engaging in research or disseminating knowledge, are therefore much richer and, given the ease of use, greatly democratised» y así «new genres of scholarship and dissemination are occurring in every field».

Sin embargo, avisa de la resistencia que las agencias de calificación ofrecen a la hora de reconocer la investigación digital pues «[a]ssessing quality in a reliable and transparent manner is a significant problem in the recognition of digital scholarship, and its intangibility and complexity are enough to make many give up and fall back on the practices they know and trust».

A pesar de los escollos, una de las conclusiones a las que llega es que la « digital scholarship […] constitutes valid scholarly activity and is not merely an adjunct to the tradicional approaches», pero hay que tener en cuenta que la tecnología no debe considerarse como una panacea.

viernes, 11 de enero de 2013

Conectados (casi) siempre

El verano pasado una colega de la universidad me preguntó acerca de los pinchos USB para poder conectar su netbook durante las vacaciones. Le dije que no le hacía falta, que su teléfono inteligente (smartphone), un pequeño Galaxy, podía cumplir las funciones del modem USB por el que me interrogaba. Tardé cinco minutos en configurar y conectar su netbook a la red por medio del teléfono (la mayor parte del tiempo lo empleamos en arrancar el netbook).

Esta funcionalidad se llama tethering y hasta no hace mucho solo podía hacerse con los teléfonos de gama alta.


Configurar y activar el móvil


Para facilitar las instrucciones incluyo dos vídeos: uno para los iPhone y otro para los teléfonos Androide (espero que no desaparezcan).

En los iPhone (desde el iPhone 4 e iOS 4.3 o superior)



En los Androide (desde la versión 2.2) es un poco más complicado, aunque no mucho (¡ojo! cada fabricante de teléfonos puede usar palabras ligeramente diferentes a las que aparecen en el vídeo).


Enlazar el ordenador

Una vez que el teléfono está activado como punto de acceso a internet (quizá te suene el término Hotspot) se puede conectar a él cualquier dispositivo Wi-Fi. Si ya te has conectado a alguna red Wi-Fi fuera de casa o de la facultad (en una cafetería, en un bus, en una biblioteca, en un hotel,…) seguro que ya sabes cómo hacerlo. El nombre de la red (SSID) será el del teléfono (iPhone de …; en los Androide no hay nombre fijo ni por defecto porque depende de cada fabricante, pero al activar la función podrás verlo). 

Por cierto, ¿sabes cómo conectarte a la red Wi-Fi de otra universidad española o europea sin tener que mendigar claves? Próximamente en esta página.

Penúltima hora: Los netbook desaparecen del mercado.

viernes, 4 de enero de 2013

Buscar dentro de un PDF


La gran mayoría de los PDF actuales se pueden explorar, cortar y pegar (salvo que sus editores hayan restringido estas posibilidades). Sin embargo, muchos otros son una fotocopia electrónica del original y solo podemos leerlos. Esto ocurre sobre todo en las colecciones retrospectivas de muchas revistas y en algunos de los libros que podemos consultar y bajar de sitios como Google Books, Gallica, Internet ArchiveBiblioteca Digital Hispánica. Lo mismo sucede si se escanea un libro, una revista o un periódico: tan solo tenemos una imagen del texto.

La prueba para saber si un PDF es una serie de imágenes empaquetadas en un fichero o si podemos hacer búsquedas en él es sencilla. En Adobe Reader (que es la aplicación que todos tenemos en nuestros ordenadores) hay que pulsar el ratón sobre una página; si se torna azul, entonces es un gráfico (una fotografía electrónica). Otra prueba para confirmarlo es buscar (control F / cmd F) una palabra que sepamos que se encuentra en el PDF. Si la respuesta es No se encontró ninguna coincidencia, entonces es un gráfico (salvo que le hayamos pedido que busque algo que realmente no está).

Si el PDF que nos interesa es una serie de gráficos, es fácil convertirlo en otro en el que se puedan hacer búsquedas, cortar y copiar (cuando cortes y pegues del trabajo de otro acuérdate de citarlo adecuadamente –insistiremos sobre el tema–). Dependiendo del ordenador y del tamaño del PDF puede llevar desde unos pocos segundos a un buen rato (para un libro de 207 páginas a mi iMac –del 2009– le llevó 12 minutos).

Para esta conversión hay que tener el programa Adobe Acrobat. No sirve el Acrobat Reader, lo que es un pequeño problema. Sin embargo, las universidades, por lo general, tienen licencias de campus y en alguna biblioteca o sala de informática habrá un ordenador con el programa bien instalado y en perfecto orden de funcionamiento, es decir, con su licencia correspondiente. Trabaja ahí; no te llevará mucho tiempo modificar los ficheros.

Una vez localizado el ordenador que cumple los requisitos, tan solo hay que abrir el PDF, pulsar en Documento > Reconocimiento de texto OCR > Reconocer texto usando OCR Aceptar. (Si se tiene un lote de ficheros PDF que se quieren hacer explorables, entonces la opción que se ha de elegir es Reconocer texto en varios archivos usando OCR). Se puede establecer el Lenguaje primario de OCR, pero mi experiencia me ha demostrado que no merece la pena enredar demasiado en esos aspectos: una prueba con un libro multilingüe no produjo problemas.

Afinando el trabajo

Si queremos refinar nuestra labor con el PDF, podemos incorporarle los metadatos. Eso es algo que la mayoría de los editores de PDF olvidan (yo lo he olvidado en las actas de un congreso y todas las separatas informan de que soy su autor. ¡Horror!). De nuevo es algo sencillo de solucionar.

Dentro de Adobe Acrobat se pulsa Archivo > Propiedades. Cuando se abre la ventana de Propiedades del Documento hay que hacer clic en la pestaña Descripción.
Propiedades de un PDF sin la información de Título, Autor, Asunto ni Palabras clave
Ahí conviene cumplimentar los datos referentes al Título, el Autor y las Palabras clave. En Asunto recomiendo introducir la información referente a la publicación (datos de la revista o del libro del que procede)
El mismo fichero con los datos incorporados
Lo fundamental de estos metadatos es que hacen que el fichero deje de ser un PDF indocumentado, lo cual tiene ventajas posteriores, especialmente si se incorpora a un gestor de PDF como Mendeley o Papers.

La utilidad más aparente es dentro del navegador de Windows, pues tan pronto como se pose el ratón sobre el nombre del fichero, se abrirá un globo rectangular con la información (autor, flecha roja; título, flecha azul; información bibliográfica (asunto), flecha violeta), con lo que veremos a simple vista si es el fichero que buscamos o no.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Libreta electrónica

Cuando compré mi primera tableta, anduve en busca de un programa que me permitiera escribir con facilidad en ella. Como todavía estaba muy verde con el nuevo dispositivo, creí que lo que debía conseguir era una versión aligerada de un procesador de textos. Una de las características que le exigí era notas a pie de página (¡ahí va el filólogo!). Así, en mi primera compra de apps (abreviatura de application 'programa') para mi flamante iPad, adquirí DocsToGo. Apenas lo he usado porque no merece la pena. Buscaba algo que me permitiera tomar notas y que a la vez pudiera depositarlas en Dropbox, mi centro de sincronización (sigue siéndolo), y encontré Compositions. Era el tipo de app que buscaba: sencilla, elemental y que pudiera usarla tanto desde el iPhone como desde el iPad y también, por supuesto, desde los ordenadores que utilizo habitualmente; además, se llevaba bien con Dropbox. Era tremendamente sencilla, tanto como el bloc de notas que trae de serie Windows, o como la app Notas del iPad. Con él he funcionado durante casi un año, pero no me convencía del todo.

Tiempo atrás había instalado en mis navegadores el web clipper Evernote. Este add-on me permitía, con un simple clic, guardar memoria (de ahí la cabeza de elefante del logotipo) de las páginas por las que había pasado y que me interesaban, pero no tanto como para tenerlas entre mis páginas favoritas. No le di más utilidad a esta aplicación.

A principios de verano estuve a jugueteando con Evernote y descubrí que era un potentísimo cuaderno de notas que podía suplir con gran eficacia mis viejas libretas. No solo me permite tomar notas cuando leo, sino que esas notas pueden llevar algunos efectos gráficos (cursivas, negritas, subrayados, tachadoresaltado) y de disposición textual: listas numeradas y sin numerar, párrafo normal, cita o encabezados de sección y subsección. Un pequeño procesador de textos para tomar notas con funciones que van mucho más allá, como notas de voz, fotografías o web clipper.
Evernote en un iPhone

La versión Freemium es limitada porque solo permite subir 60 MB de datos al mes y porque no se puede trabajar off-line (ya sea Wi-Fi o 3G), pero ¿quién escribe más de 60 MB de notas al mes? Si se trata de notas de voz o fotografías, es evidente que habrá problemas de espacio (o volumen), pero para el uso normal de un investigador "de letras" creo que es suficiente.

Desde que descubrí que Evernote era algo más que un web clipper, se ha convertido en mi Moleskine™ de bolsillo (tanto en el iPhone como en el iPad), así que ahora tengo que reprimir mis instintos de compra cuando voy a las librerías y veo los distintos modelos de Moleskine. También lo tengo abierto en mi ordenador para tomar notas cuando leo en la red o estoy escribiendo en el procesador de textos y me surge una nueva idea que no quiero perder. Y si no estoy en mi ordenador sino en uno de una biblioteca, puedo acceder por medio de un navegador cualquiera.

Este artículo lo comencé en el iPad, he corregido algunas cosillas en el iPhone, lo he probado antes de rematarlo en un teléfono (Huawei) y en una tableta (Galaxy Tab2 de 7") Androide y funciona perfectamente. Evidentemente, escribir en un teléfono es un tormento, pero solo lo utilizo para tomar notas, no para escribir toda una tesis. Evernote no valdría para escribir una tesis, como tampoco me serviría una Moleskine o cualquier otro cuaderno.

martes, 18 de diciembre de 2012

Ampliar el escritorio

Muchos hemos comprado un netbook porque estábamos cansados de arrastrar los casi cuatro kilos de los portátiles. También lo hicimos porque esos pequeños ordenadores tienen la potencia suficiente para la mayoría de nuestras necesidades informáticas (ofimática, internet, correo-e…) y, además, son mucho más baratos.

Las  pantallas de los netbook, de unas 10 pulgadas, son bastante cómodas para redactar, leer un PDF o consultar un sitio web. Sin embargo, cuando hay que pasar de un fichero a otro, del Word al Acrobat o al navegador o a cualquier otra aplicación, la labor se complica un poco.

Es cierto que en la parte de abajo de la pantalla tenemos unos botones que con un sencillo clic llevan de uno a otro programa (los usuarios más avanzados de Windows usarán las teclas ALT y TAB para pasar de una aplicación a otra). Pero a veces es necesario comparar lo que hemos escrito con los datos que ofrece un texto o analizar una imagen que está alojada en la red; entonces la cosa se complica. Podemos estrechar las ventanas, pero reducir el espacio de cada ventana en una pantalla pequeña es un auténtico lío.
Escritorio un poco abarrotado
Para remediarlo hay una solución sencilla: ampliar o extender el escritorio. Se consigue conectando un monitor externo (puede servirte la enorme TV del salón, si te lo permiten), como cuando se conecta un ordenador a un cañón de proyección.


Manos a la obra

Propiedades de Pantalla en Windows
La primera vez que se quiera ampliar o extender el escritorio hay que indicarle a Windows que queremos usar el monitor externo como una extensión, no como un duplicado. Para hacerlo hay que situar el cursor en un lugar de la pantalla del portátil, pero no sobre un icono. Se pulsa el botón derecho del ratón y se pulsa en la última línea, Propiedades.

Aparecerá la ventana Propiedades de Pantalla. Se pulsa en la pestaña Configuración y se pulsa con el ratón sobre el cuadrado marcado con el 2.

Lo siguiente es seleccionar la Resolución de la pantalla externa. Si mueves el botón deslizante, verás cómo aumenta y disminuye el tamaño de los rectángulos 1 y 2. 1 es la pantalla del portátil y 2 la externa. La resolución que se ha de elegir para esta depende del tamaño del monitor (aquí no hay más remedio que el viejo método de prueba y error). Antes de pulsar Aplicar, hay que comprobar que la casilla Extender el escritorio de Windows a este monitor está marcada (). Se pulsa Aplicar y aparecerá una ventanita que da 15 segundos para confirmar el cambio. Si estás conforme, pulsas . Por último, haces clic en Aceptar. ¡Ya tienes configurado el superescritorio!


Si no tenías conectado el monitor y lo haces una vez encendido el portátil, lo más seguro es que la pantalla del monitor se mantenga en negro. Tan solo hay que indicarle al ordenador que queremos usar la pantalla externa.

La forma más sencilla es usando la tecla Fn (suele ser la segunda tecla de la izquierda de la fila de abajo, entre Ctrl y la del logotipo de Windows). Después hay que pulsar una de las teclas de la fila superior, una de las teclas F. Aquí no hay acuerdo entre los fabricantes y cada uno ha decidido usar una (Toshiba y Acer la F5, Compaq y HP F4, Lenovo F7, Asus F8), pero es fácil localizarla porque el símbolo con el que se indica suele ser la silueta de una pantalla de ordenador y una pantalla de proyección. Se mantiene pulsada Fn y se pulsa sucesivamente la tecla de función correspondiente hasta que aparezca en la pantalla LCD + CRT extended, o una imagen con un portátil en cuya pantalla hay un 1 y una pantalla externa marcada con un 2 (de nuevo cada fabricante ofrece una solución distinta, hay que averiguarlo, no queda más remedio). Esto habrá que hacerlo cada vez que conectemos el portátil al monitor externo para extender el escritorio.

La manera de desplazar algo desde la pantalla del portátil a la extensión (al monitor externo) es pincharlo con el ratón y moverlo hacia la derecha de la pantalla. Verás cómo sale del portátil y aparece en el monitor. Para volver al portátil, desliza el ratón hasta que salga por el lado izquierdo de la pantalla externa. La idea la puedes ver en la imagen que hay debajo; en ella verás que el navegador está a medio camino entre el portátil (izquierda) y el monitor exterior (gran rectángulo azul de la derecha con Micky Mouse).
Pantalla expandida de un netbook.
A la izquierda, el netbook; a la derecha, la ampliación
Por cierto, no estás limitado a que la ampliación del escritorio esté a la derecha; también puede situarse a la izquierda, en la parte superior o inferior de la pantalla de tu portátil. Todo depende de tus necesidades. Para reubicar la ampliación basta con que en la ventana Propiedades de Pantalla pinches uno de los dos rectángulos que representan las pantallas y lo sitúes como mejor te convenga. Dependiendo de dónde coloques el cuadro 2, deberás desplazar el ratón para ir a la ampliación y al contrario para regresar al portátil.
Pantalla expandida de un netbook.
A la izquierda, la ampliación; a la derecha el netbook
Si pierdes el cursor y no sabes dónde está, no te preocupes. Los ordenadores con Windows permiten localizarlo con tan solo pulsar la tecla de Ctrl. En el lugar donde se encuentre el cursor aparecerá un círculo que disminuye de tamaño hasta desaparecer sobre el puntero. Busca los círculos y encontrarás el cursor con facilidad. (Si no tienes activada esta función, pincha Inicio > Panel de Control > Mouse > Opciones de Puntero, marca la casilla Mostrar ubicación del puntero al presionar la tecla CTRL y pulsa sucesivamente Aplicar y Aceptar. Ya está activado. ¡Pruébalo!).

Al principio te parecerá extraño, pero cuando te acostumbres verás que es maravilloso contar con un escritorio enorme (gigantesco si te permiten usar ese enorme televisor de 32 o más pulgadas del salón), con espacio para tener varias aplicaciones abiertas y sin tener que preocuparte de pulsar en la barra inferior para traer al frente una u otra aplicación.
A la izquierda, el netbook con el procesador de textos.
A la derecha, la ampliación (monitor externo) con un PDF y el navegador en una página del CORDE

N.B. No se ofrecen explicaciones para los MacBook porque todo monitor externo se considera como una ampliación del escritorio.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

PDF errantes


Desde hace cuatro o cinco años las separatas de papel han desaparecido de los envíos postales universitarios y su lugar lo han tomando las versiones PDF. Hace ya varios años que no recibo separatas de papel, por lo menos desde 2008. ¡Me parece perfecto! Entre las muchas ventajas que ofrece este formato se halla la de que nuestros trabajos pueden tener una mayor difusión: ya no estamos limitados a las 15 o 20 separatas que se nos enviaban, si es que las imprimían, cada vez que publicábamos en alguna revista o en algún volumen misceláneo (actas, Fetschrifts, etc.). Así he ido construyendo una colección muy interesante de artículos y libros en PDF. Algunos de los más aventajados en el uso de los ordenadores digitalizaban las separatas o las páginas correspondientes del volumen y las remitían a sus conocidos. Lo último que he recibido con este sistema electro-artesanal ha sido de un homenaje publicado en Francia y de una revista argentina, ambos fechados en 2009.

Esa colección de separatas, ya sin el encanto y recuerdo afectivo, a veces invectivo, de la firma de su autor, la he incrementado con otros muchos PDF a los que he llegado navegando por internet. La gran mayoría los he recolectado a través de Google Académico (o Scholar) y de muchas bases de datos como DialnetSumarios ISOC o DOAJ, por citar las más conocidas (por su gratuidad), que permiten acceder a los textos completos de muchísimos artículos. La colección puede multiplicarse si se tiene acceso a lugares maravillosos como JStore o Project Muse, pero para eso la universidad tiene que ser rica o, por lo menos, considerar que las humanidades son tan importantes como las ciencias y las tecnologías.

A las dos fuentes anteriores hay que añadir los repositorios que las universidades han creado y en los que guardan y ponen a disposición de la comunidad académica e investigadora las tesis doctorales, los trabajos de fin de máster o de grado que han escrito y defendido sus estudiantes. En algunos casos incluso han incorporado las revistas que que publican (p. ej. Epos) y algunos libros (generalmente actas de congresos). Cada vez es más frecuente que los profesores (auto)cuelguen las colaboraciones que han publicado con otras instituciones y editoriales. Y ahí surgen algunos problemas.

El mayor problema es que muchas de esas referencias que se bajan (download) de todos esos paraísos quedan, generalmente, huérfanas de los datos bibliográficos que les deberían de acompañar de por vida (metadatos). Una vez que se pulsa el botón descargar / download y el archivo aterriza en nuestro directorio de descargas se pierde definitivamente toda conexión con la ficha catalográfica que lo arropaba. Los PDF  toman vida independiente, comienzan una vida errante, andante por ordenadores, memorias USB, discos externos, huecos en la nube, revoloteando de correo en correo…


Un caso

Durante el pasado puente de San Nicolás, mientras corregía el borrador de una tesis doctoral, me topé, entre otras muchas, con estas dos fichas:
ARRIZABALAGA, Jon y Teresa HUGUET TERMES, 2009. “La cultura de la salud de Juan Vallés en el mundo médico y terapéutico del Primer Renacimiento hispano”. Barcelona: CSIC, Institución Milà i Fontanals. Disponible en línea: <http://digital.csic.es/bitstream/10261/34967/1/Arrizabalaga_Regalo%20vida%20humana.pdf>, (28/09/2011)
y
SERRANO LARRÁYOZ, Fernando, 2009. Juan Vallés (c.1496-1563): vida y obra (Regalo de la Vida Humana) de un humanista navarro de la primera mitad del siglo XVI. Pamplona: Universidad Pública de Navarra. Disponible en línea: <https://portal.uah.es/portal/page/portal/epd2_profesores/prof363475/publicaciones/Serrano_Regalo_biografia.pdf>, (28/09/2011).
Me chocaron inmediatamente porque recordaba algo que había visto en un libro coordinado por Fernando Serrano Larráyoz (Juan Vallés, Regalo de vida humana. Pamplona, 2008). Picado por la curiosidad, pinché en ambos enlaces y en décimas de segundo dos flamantes PDF hallaron hueco en el disco duro de mi ordenador. No era material nuevo, sencillamente se trataba de los PDF de las colaboraciones publicadas en el volumen de 2008 (pp. 17–75 y 149–170 respectivamente).

El doctorando hizo lo normal. Localizó los dos documentos en internet con suma facilidad (basta con introducir Juan Vallés y regalo en Google). Lo he hecho para redactar esta nota y aparecieron en la primera página de resultados, en las posiciones 1ª y 5ª (el resultado en una nueva búsqueda puede ser ligeramente diferente):
Resultado de la búsqueda en Google
El doctorando tan solo pulsó sobre ambos enlaces y descargó sendos PDF en su ordenador, aunque tuvo la precaución de anotar y guardar la URL de donde colgaban los documentos (sobre el problema de las excesiva longitud de las URL y cómo solventarlo véase el artículo Acortar direcciones de internet).

Una vez leídos y a la vista de que merecerían formar parte del elenco de citas de la tesis, tomó los datos de lo que entendió que era la portada: la primera hoja del trabajo colgado en internet. Hasta ahí todo correcto: Autor, título, lugar de publicación y editorial (aunque en realidad son los lugares de trabajo de los autores cuando publicaron esas colaboraciones), la URL y la fecha de consulta. Nada que objetar. Ha seguido los procedimientos normales recomendados, incluso, por el MLA Handbook for Writers of Research Papers (New York: MLA, 2009, § 5.6).

Además, ambos se hallan alojados en los repositorios de dos instituciones de prestigio: Digital.CSIC y el EPD (Entorno de Publicación Docente) de la Universidad de Alcalá, por lo que están debidamente avalados (cf. MLA Handbook…, § 1.6).

El fallo del doctorando, y de muchos investigadores, es que se conforman con bajar el documento, apuntar la URL y, con un poco de suerte, la fecha de la consulta. No se molestan en averiguar nada más acerca de los documentos: dan por válidos los datos que traen consigo (si es que traen alguno además del título y el autor).

Los dos trabajos que me han servido de excusa para escribir este artículo están perfectamente identificados con su ficha catalográfica correspondiente en los espacios en los que están guardados (si pulsas sobre los enlaces podrás acceder a las fichas, pero regresa aquí para continuar leyendo): Arrizabalaga y Huguet y Serrano Larrayoz –si lo curioseas, baja por la página hasta localizarlo–. Ahí es donde el investigador debería haber recurrido para incorporar ambos trabajos en su bibliografía.

Por otra parte, las grandes bases de datos y portales web que permiten el acceso a sus fondos digitales suelen colocar en la ficha el enlace recomiendan utilizar para citar o enlazar.
Handle para Arrizabalaga y Huguet en Digital.CSIC
No solo ofrecen este identificador, sino que en muchos casos permiten, con un simple clic, incorporar la información bibliográfica en RefWorks, EndNote, Mendeley Library y otros gestores bibliográficos (¡Ya hablaremos de ellos en otra ocasión!).

Los PDF errantes pueden estar a salvo, pero es una cosa relativamente moderna, si contienen el membrete bibliográfico, una línea, por lo general en la parte baja de cada una de las páginas de un artículo, que ofrece los datos bibliográficos pertinentes.
Membretes bibliográficos 
Esa línea evitará la vida errante de los PDF indocumentados. A pesar de ello, no olvidemos nunca localizar la información bibliográfica correcta, seguro que está al alcance del ratón.